Un equipo sin reacción volvió a fracasar en casa, cayó 1-0 ante el conjunto chileno y jugará la Sudamericana en medio de una crisis cada vez más profunda.

Boca Juniors volvió a protagonizar una noche para el olvido en la Bombonera. En un clima cargado de tensión, necesidad y urgencia, el equipo cayó 1 a 0 frente a Universidad Católica de Chile y quedó eliminado de la Copa Libertadores, un golpe durísimo para un club que acumula frustraciones, decepciones y heridas abiertas desde hace varias temporadas.
La derrota no solo significó el adiós al máximo objetivo continental, sino también otro capítulo oscuro en una etapa marcada por la falta de rumbo futbolístico y el desgaste institucional. Boca jugará la Copa Sudamericana, aunque en el mundo xeneize la clasificación aparece más como una humillación que como un consuelo.
El equipo dirigido por Claudio Úbeda nunca estuvo a la altura de una noche decisiva. Sin intensidad, sin carácter y sin ideas, volvió a mostrar una imagen apática frente a un rival ordenado, inteligente y oportunista. Universidad Católica entendió perfectamente el partido que debía jugar: se cerró bien atrás, esperó el error y golpeó en el momento justo.
El único gol de la noche llegó tras una contra letal manejada con precisión por Cuevas, Zuqui y Mena, que dejó expuesta toda la fragilidad defensiva de Boca. Montes definió con un derechazo inatajable y silenció a una Bombonera que pasó rápidamente de la expectativa a la furia.
Pero mucho antes del tanto chileno, el clima ya era pesado. Los murmullos comenzaron temprano y luego se transformaron en silbidos, insultos y cánticos lapidarios. El clásico “movete Boca movete” bajó desde las tribunas en pleno partido y dejó en evidencia el desconcierto de un equipo sin alma ni rebeldía. Sobre el final, el grito de “que se vayan todos” y las críticas directas a “la Comisión” reflejaron el hartazgo total de los hinchas.
Los intentos individuales de Exequiel Zeballos y algunas apariciones aisladas de Aranda fueron demasiado poco para un conjunto partido, sin sociedades y emocionalmente derrumbado. Ni siquiera la presencia de Leandro Paredes, claramente limitado desde lo físico, pudo cambiar la historia. El mediocampista se mantuvo en cancha más por empuje simbólico que por influencia futbolística.
El ingreso de Ander Herrera tampoco aportó soluciones. Boca ganó lentitud y perdió todavía más claridad. Entonces llegaron las decisiones desesperadas: cambios improvisados, delanteros acumulados sin conexión y futbolistas lesionados, como Miguel Merentiel, intentando sostener un equipo completamente desordenado.
La eliminación vuelve a golpear de lleno al proyecto encabezado por Juan Román Riquelme. Desde lo político y futbolístico, Boca parece atrapado en un ciclo repetitivo: técnicos que pasan, promesas que no se cumplen y un plantel que nunca termina de responder en los momentos determinantes. Claudio Úbeda se suma ahora a una larga lista de entrenadores cuestionados, junto a Battaglia, Ibarra, Martínez y Gago, todos arrastrados por una crisis que claramente excede al banco de suplentes.
El final fue una síntesis perfecta del derrumbe: goles anulados, pelotas que no entraban, centros sin destino y jugadores abatidos. Boca perdió el partido, perdió la clasificación y, lo más preocupante, volvió a demostrar que también perdió el rumbo.
La Bombonera explotó de bronca y la sensación que quedó flotando en el aire fue contundente: el problema ya no parece solucionarse únicamente cambiando de entrenador. La crisis es mucho más profunda y amenaza con llevarse puesto todo.



